ASESINOS EN SERIE

El asesino de niños

6 horas de teléfono al día para Alfredo Garavito

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Foto: Archivo particular

Luis Alfredo Garavito está actualmente recluido en la cárcel de Valledupar. Lleva casi nueve años preso.

Bogotá.-Fue la opción que halló el Inpec para frenar sus ataques de ira. A punta de golpearse y cortarse los brazos, logró ablandar las reglas de la cárcel de máxima seguridad de Valledupar.

Él está entre la docena de internos de la Unidad de Tratamiento Especial de esa cárcel, una de las más seguras del país. Por su historial criminal está aislado, pues un hombre con su prontuario podría ser objeto de ataques en cualquier momento.

EL TIEMPO supo que, por su “desequilibrio mental”, la Dirección del centro carcelario le dio la posibilidad de utilizar los teléfonos públicos que hay en los pabellones por períodos mucho más extensos que los que disfruta cualquier otro preso.

“Daños a su integridad” llevaron hace varios meses al Inpec a autorizarle a Garavito, de 52 años, hasta cuatro horas diarias de comunicación con el exterior.
Por un nuevo incidente de autolesiones, a comienzos de diciembre pasado, le ampliaron el beneficio. Ahora puede usar el teléfono dos horas por la mañana, dos por la tarde y dos por la noche.

Ya hubo un interno que entabló una acción de tutela para que le den el mismo tratamiento. Esto porque, por órdenes expresas de la Dirección, los otros presos pueden llamar dos veces al día “sin exceder un máximo de 10 minutos cada vez”, entre las 6 de la mañana y las 5 p.m.

El hecho es que desde hace varios meses fue necesario ponerle un cable más largo al teléfono, para llevarlo hasta el frente de la celda de Garavito. Fuentes del Inpec dicen que fue la única opción que hallaron para que se mantuviera tranquilo, pues en más de una ocasión las ‘novedades’ del preso podrían considerarse como intentos de suicidio.
Algunos familiares y miembros de una comunidad religiosa que lo visita le consignan de vez en cuando plata que usa para las tarjetas prepago (los internos ya no manejan efectivo). Algunos allegados y hasta emisoras de radio son los destinatarios de sus llamadas.

Con el nuevo permiso, señalan otras personas, Garavito ha aprovechado para dejar el teléfono por largos ratos a su disposición, así no siempre lo use. Y cuando la guardia lo obliga a cumplir con lo estipulado en el memorando siempre está alerta para enfrentar otro episodio de ira.

‘Tocado’ por la fe
Este hombre, cuya mente criminal ha sido estudiada por los más afamados especialistas, pasa el resto de su tiempo leyendo y escribiendo en su celda, que tiene vista a las montañas del Cesar. También está pendiente de un helecho que sembró en una botella plástica.
En el estrecho lugar tiene 16 libros, incluidos cinco códigos penales. También mantiene una copia de su expediente y unas 40 revistas de religión.

Hace unos cuatro años Garavito se convirtió a un culto cristiano y casi cada semana recibe visitas de 45 minutos de personas que hacen parte de una comunidad religiosa. El párroco y la sicóloga de la cárcel de Valledupar también hablan con él.

Con pinturas y trabajos artísticos está rebajándole días a su condena de 40 años.
Y así como su temperamento le ha valido algunos privilegios, sus riesgos de seguridad le quitan otros de los que disponen los otros presos: mientras ellos ven televisión, Luis Alfredo Garavito escribe los resúmenes de los libros que le impone el programa de lectura dirigida al que está inscrito desde hace un tiempo.
Y también para protegerlo, sus horas de sol son diferentes a las del resto de sus compañeros de presidio.

 

Redacción Justicia
El Tiempo, Bogotá, domingo 25 de enero de 2009 http://www.eltiempo.com/
Mil años de cárcel

 

La bestia Garavito Cubillos

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Luis Alfredo Garavito Cubillos, alias «La Bestia», nacido en Génova, Quindío, Colombia, el 25 de enero de 1957 es un asesino en serie, pedófilo y pederasta colombiano que junto con Pedro Alonso López se apuntan a ser uno de los asesinos en serie más prolíficos de Colombia y del mundo. Es el mayor de siete hermanos y durante su infancia vivió la falta de afecto y el maltrato físico por parte de su padre. Según su testimonio fue víctima de abuso sexual.

A sus 44 años, fue declarado por los investigadores y jueces como un asesino en serie. Cuando fue capturado confesó ser el autor de la muerte de 147 niños en distintas regiones de Colombia, pero a la fecha la Fiscalía lo investiga por el homicidio de 176 niños en su paso por 59 municipios del país.
En repetidas ocasiones, Garavito Cubillos se hacía pasar por vendedor ambulante, monje, indigente, discapacitado y representante de fundaciones ficticias en favor de niños y ancianos. Era conocido también como “Alfredo Salazar”, “El Loco”, “Tribilín”, “Conflicto” y “El Cura”.
Las víctimas de Garavito eran niños entre los 6 y los 16 años, de bajo estrato económico. Los abordaba en los parques infantiles, instalaciones polideportivas, terminales de buses, plazas de mercado y barrios suburbiales. Según lo establecido generalmente les ofrecía dinero y los invitaba a caminar hasta cuando los menores se cansaban y eran atacados en sitios despoblados.
De acuerdo con la investigación, en esos lugares los cuerpos sin vida de los menores fueron encontrados degollados, mutilados y con señales de haber sido amarrados, también se encontraban con señales de acceso carnal violento y tortura; con cuchilladas en el corazón, en las nalgas, con los miembros genitales mutilados y colocados en la boca o incluso decapitados. En la residencia de una amiga suya en Pereira, se encontraron objetos similares a los hallados en los sitios de los crímenes y publicaciones periodísticas en las cuales se reseñaba el estado de las investigaciones por desapariciones y homicidios de niños en el país.

Captura y futuro de Garavito
El 22 de abril de 1999, miembros del Cuerpo Técnico de Investigación de la Fiscalía capturaron en Villavicencio a Luis Alfredo Garavito Cubillos, en momentos que intentaba agredir sexualmente a un menor. Su plena identificación se logró mediante cotejo dactiloscópico.
Gracias a las pruebas recogidas por la Fiscalía y a su posterior confesión, se estableció que Garavito Cubillos es responsable no sólo de la muerte de un menor de Tunja sino también del homicidio de tres niños de Génova y de otros 172 crímenes cometidos contra menores en 11 departamentos del país, entre 1992 y 1998.
En una entrevista concedida a Guillermo Prieto La Rotta “Pirry”, presentador del programa El Mundo Según Pirry, y trasmitido por el canal Colombiano RCN el 11 de junio de 2006; Luis Alfredo Garavito negó haber “violado” a sus víctimas; en este mismo trabajo periodístico dicho asesino aseguraba que había cometido los crímenes por supuestas órdenes del diablo, y aseguraba su “rehabilitación” tras convertirse en miembro de una Iglesia Pentecostal, evidenciaba igualmente los esfuerzos que ha hecho por salir libre cuanto antes e incluso, aspirar algún día a tener una curul en el Congreso nacional.
Según la noticia de RCN, hay otro proceso a Garavito por otro asesinato en el Valle del Cauca, por el cual tendría que responder judicialmente de manera independiente a sus anteriores crímenes.
La suma de todos los crímenes contabiliza más de 1000 años de cárcel, pero la pena máxima en Colombia es de 40 años, y por colaborar en la recuperación de los cuerpos y por buena conducta le disminuirían la condena a 12-16 años

Wikipedia la enciclopedia libre
http://es.wikipedia.org/wiki/Luis_Alfredo_Garavito#Historial_criminal


Investigación de la Fiscalía General de Colombia

172 niños víctimas de Luis Alfredo Garavito

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Asesino de niños

Se trata del seguimiento investigativo más importante que se ha hecho en Colombia en ese tipo de delitos. Puso a prueba la capacidad del CTI y de las fiscalías seccionales para la recolección de evidencias, análisis de pruebas técnicas y de criminalística y el trabajo interdisciplinario de la entidad

Bogotá.-El 24 de junio de 1998 los cuerpos de tres niños de 9, 12 y 13 años fueron hallados sin vida en la finca La Merced, en Génova (Quindío), con evidentes signos de tortura y desmembración de algunas de sus extremidades. Los menores fueron vistos por última vez cinco días antes en el parque central del municipio en compañía de un adulto, quien al parecer les ofreció dos mil pesos a cada uno para que le ayudaran a buscar una res en fincas cercanas a Génova.

Este fue el caso que dio inicio a la alarmante ola de desapariciones de niños en más de 11 departamentos del país, y por la cual se creó una Comisión Especial de Investigadores de la Fiscalía General de la Nación. La complejidad de la investigación exigió el diseño de una estrategia que puso a prueba toda la capacidad humana, técnica y científica del CTI.

En un comienzo se orientó la investigación hacia la prostitución infantil, el satanismo, el tráfico de órganos y pedofilia. Con base en un cruce de información entre el CTI de Tunja, Armenia y Pereira se logró establecer que los casos de desaparición de menores en esas ciudades guardaban similitud, ante lo que se conformó un álbum con 25 fotografías de posibles sospechosos.

Además, los investigadores conocieron la ocurrencia de hechos similares en los departamentos del Meta, Cundinamarca, Antioquia, Quindío, Caldas, Valle del Cauca, Huila, Cauca, Caquetá y Nariño, Por ello se convocó en julio de 1999 una cumbre en Pereira con todos los fiscales y equipos científicos e investigativos comprometidos con cada uno de los casos.
En dicha reunión se logró detectar que en la mayoría de las escenas de los crímenes de niños se hallaron elementos comunes: fibras sintéticas de ataduras, bolsas plásticas, botellas y tapas de bebidas alcohólicas.
El responsable
Mediante el cruce de información entre los diferentes equipos investigativos, se estableció que una de las fotografías del álbum con el nombre de Bonifacio Morera Lizcano correspondía a Luis Alfredo Garavito Cubillos, persona sobre quien pesaba una orden de captura de la Fiscalía 17 Especializada de Tunja por el homicidio de un niño de 12 años de edad.
El 22 de abril de 1999, miembros del Cuerpo Técnico de Investigación de la Fiscalía capturaron en Villavicencio a Luis Alfredo Garavito Cubillos, en momentos que intentaba agredir sexualmente a un menor. Su plena identificación se logró mediante cotejo dactiloscópico.

Gracias a las pruebas recogidas por la Fiscalía y a su propia confesión, Garavito Cubillos resultó ser el responsable no sólo de la muerte del menor de Tunja sino también del homicidio de los tres niños de Génova y de otros 172 crímenes cometidos contra menores en 11 departamentos del país, entre 1992 y 1998.
Asesino en serie
Luis Alfredo Garavito nació en Génova, Quindío, el 25 de enero de 1957. Es el mayor de siete hermanos y durante su infancia vivió la falta de afecto y el maltrato físico por parte de su padre. Según su testimonio fue víctima de abuso sexual.
A sus 44 años, fue declarado por los investigadores y jueces como un asesino en serie. Hace dos años cuando fue capturado confesó ser el autor de la muerte de 140 niños en distintas regiones del país, pero a la fecha la Fiscalía lo investiga por el homicidio de 172 niños en su paso por 59 municipios del país.
En repetidas ocasiones, Garavito Cubillos se hacía pasar por vendedor ambulante, monje, indigente, discapacitado y representante de fundaciones ficticias en favor de niños y ancianos era conocido también como “Alfredo Salazar”, “El Loco”, “Tribilín”, “Conflicto” y “El Cura”.

Las víctimas de Garavito eran niños entre los 6 y los 16 años, de bajo estrato económico. Los abordaba en los parques infantiles, canchas deportivas, terminales de buses, plazas de mercado y barrios subnormales. Según lo establecido les ofrecía dinero y los invitaba a caminar hasta cuando los menores se cansaban y eran atacados en sitios despoblados.
De acuerdo con la investigación, en esos lugares los cuerpos sin vida de los menores fueron encontrados degollados, mutilados y con señales de haber sido amarrados. En las residencias de su compañera y de una amiga en Pereira se encontraron objetos similares a los hallados en los sitios de los crímenes y publicaciones periodísticas en las cuales se reseñaba el estado de las investigaciones por desapariciones y homicidios de niños en el país.
Seis identificaciones por ADN
El hallazgo de las osamentas, en su mayoría completamente deterioradas y fragmentadas, complicó las labores de identificación de las víctimas y exigió de inmediato un cotejo genético que proporcionara resultados exactos. En ocasiones, sólo se encontraban – en el lugar donde Garavito enterró a sus víctimas – un fémur, un cráneo, o huesos de distintos cuerpos humanos.
La primera tarea del recién creado Laboratorio de Genética Forense de la Fiscalía General de la Nación fue la de realizar un estudio de identificación especializada con base en muestras de sangre y restos óseos de las supuestas víctimas de Luis Alfredo Garavito. Dicho estudio se realiza cuando la identificación no se obtiene por la carta dental, el estudio de Medicina Legal, dactiloscopia o el estudio antropológico.

El Laboratorio, que inició sus labores en 1999 precisamente con el caso Garavito, asumió el reto de trabajar 62 actas de NN’s, conformadas por 195 piezas óseas distintas. Hasta la fecha se han recibido 86 muestras de sangre que corresponden a 47 grupos familiares. De las 62 actas han sido analizadas 42, resultando seis exitosas. Cada estudio demora entre cuatro semanas y seis meses.

Gracias al cotejo genético se logró la identificación de las víctimas de Luis Alfredo Garavito: Juan David Marín Vélez, Jeison David Vélez, Carlos Andrés Zapata Giraldo, Jairo Andrés Marulanda, Oscar Adrián Grisales y Jonnatan Quirama Uchima. En los últimos meses han llegado para estudio restos óseos de posibles víctimas de Garavito, pero el Laboratorio no cuenta con nuevas muestras de sangre para conseguir el cotejo genético.
Aunque el ADN se encuentra en las células de cualquier tejido, 34 de esas actas no se han podido estudiar plenamente debido a las difíciles características que presentan las piezas óseas para su análisis.
Así mismo, 93 de los niños han sido identificados por el Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses, mientras que 82 cuerpos permanecen como NN’s.
De los 172 casos judicializados, 138 tienen fallo condenatorio, 32 están en instrucción, uno en apelación y uno está para sentencia. Las condenas suman 1.853 años y nueve días.

Con este caso, la Fiscalía General de la Nación sentó un precedente en el campo de la investigación criminal con la individualización y condena a quien organismos judiciales internacionales consideran el segundo homicida en serie del mundo.

Fiscalía General de Colombia
http://www.fiscalia.gov.co/
Confesión

Un asesino sin freno

 

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La bestia

Bogotá.-Luis Alfredo Garavito Cubillos, confesó ante la Fiscalía General de la Nación ser el autor responsable de la muerte de 140 niños, de los cuales se han encontrado 114 osamentas que pueden pertenecer a estos crímenes, y se investiga la desaparición de otros menores .

Con estas palabras el fiscal general de la Nación, Alfonso Gómez Méndez, sorprendió ayer a todo Colombia en una rueda de prensa en la sede de la entidad bajo su cargo, en la cual reveló la historia de un hombre que desde ya es considerado como uno de los más grandes asesinos en serie en la historia del país .

La noticia fue difundida de inmediato al resto del mundo por los corresponsales internacionales, que compararon a Garativo con famosos homicidas en serie, que en su momento conmocionaron a la humanidad, como el legendario Jack El Destripador , en Inglaterra; Charles Manson, en Estados Unidos; y El Carnicero de Milwaukee, en E.U.

El Fiscal confirmó que Garavito se encuentra privado de la libertad en Villavicencio (Meta), puesto que allí tiene en su contra una resolución de acusación y debe responder a otro llamamiento a juicio en Tunja (Boyacá). También, se le investiga por tentativa de secuestro de varios menores.

Garavito fue capturado, agregó Gómez Méndez, el 22 de abril de este año en Villavicencio y actualmente está acusado ante el Juzgado 5 Penal del Circuito de esa ciudad, por acceso carnal violento .\ Sin antecedentes Para el director del Cuerpo Técnico de Investigación (CTI) de la Fiscalía, Pablo Elías González Monguí, quien también participó en la rueda de prensa, Garavito entra a conformar sin lugar a dudas la galería de los mayores asesinos de Colombia y del mundo en todos los tiempos y sus actos no tienen antecedentes en nuestro territorio.

Yo pienso que sí. Inclusive, no se si a nivel internacional, porque esto es un crimen muy escabroso. No existen antecedentes en la historia judicial colombiana, pero también debo aclarar que igualmente tampoco existe un antecedente de que ya se haya logrado resolver un caso como el que se ha logrado resolver , sostiene González.

Problemas sicológicos La Fiscalía después de hacer varias investigaciones sobre denuncias de menores desaparecidos en varios departamentos del país, logró atar cabos y llegar hasta Garavito quien confesó sus crímenes en más de once departamentos lo que coincide con las pesquisas de los fiscales.
De esta manera, afirma González, nosotros damos una respuesta a los padres de las víctimas, a la expectativa que se había creado a nivel nacional, en relación con el caso de los niños de Pereira y como logramos unir todos los casos, después de una ardua investigación .

Agentes del CTI y varios siquiatras realizarán un estudio del perfil sicológico de Garavito para lograr llegar al fondo de la investigación, que desde ya promete convertirse en una de las que más atención le pondrán los colombianos.
Los análisis de sicología judicial demuestran que Garavito actuaba en forma de retaliación contra los niños, por ciertos hechos relacionados con maltratos que fueron cometidos contra él cuando era un menor.

La conclusión de González es que Garavito no se puede considerar como un genio del crimen, pero si una persona que no tenía freno para matar.
No estamos frente a un genio del crimen, pero sí frente a un individuo que no tenía frenos inhibitorios para matar , concluyó el director del CTI.

 

Diario El Tiempo, Bogotá, 30 de octubre de 1999
http://www.eltiempo.com/archivo/
Colombia

El Monstruo de Los Andes

 

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Pedro Alonso López, El Monstruo de los Andes

Pedro Alonso López, conocido como El Monstruo de los Andes, fue un asesino en serie colombiano que tras su captura en 1980 confesó el asesinato de más de 300 niñas y jóvenes en Ecuador, Perú y Colombia. Si bien no se pudo establecer con certeza el número de homicidios ya que buena parte de sus cuerpos no aparecieron y los actos violentos se llevaron en regiones aisladas por ello se carece de cifras confiables. En su confesión reconoció a los investigadores que había asesinado por lo menos a 110 muchachas en Ecuador, 100 en Colombia, y “muchas más de 100” en Perú. Y logró ubicar un campo en Ambato Ecuador donde se hallaron 53 cuerpos, más 4 más en otros lugares. Si bien en otros puntos señalados por él no se hallaron cuerpos. Si se le da crédito a su versión Pedro

Alonso López es el asesino en serie más despiadado
Pedro Alonso López nació en el departamento de Tolima en 1949 en la época conocida como “La Violencia” periodo de guerra civil no declarada que provocó cerca 200.000 muertes. Era el séptimo hijo de un total de trece hermanos, hijos de una prostituta, y tuvo una infancia infeliz por la violencia, por el excesivo control de su madre y la ausencia de la figura paternal. En 1957 con 8 años de edad fue sorprendido por su madre sosteniendo relaciones sexuales con su hermana menor y fue desterrado de la casa. Vivió en estado de indigencia y poco después fue abusado sexualmente. Luego de viajar por el país llegó a Bogotá donde a la edad de 12 años fue adoptado por una familia Americana. Pero una nueva agresión sexual por parte de un profesor le hizo huir de nuevo. En 1969 con 18 años de edad fue encarcelado por hurto, en prisión fue abusado por tres presos a los que asesinó días después.

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Actividad criminal
En 1978 salió de la cárcel, de inmediato emigró al Perú donde empezó continuamente a atacar a jóvenes indígenas de provincias apartadas. Según su confesión dio muerte a por lo menos 100, cifra difícil de verificar por lo apartado de las comunidades, aunque se sabe que los indígenas Ayacucho le capturaron cuando intentaba secuestrar a una niña de 9 años y que intentaron lincharle pero un sacerdote y la policía evitaron el acto. Deportado a Ecuador habría continuado con su actividad matando hasta 4 personas por semana. En Abril de 1980 se encontraron 4 cadáveres de niñas con lo que se inició un proceso de investigación formal. Pero pocos días después fue capturado por la comunidad en la ciudad de Ambato Ecuador cuando intentaba secuestrar una niña de 12 años.

Captura y confesión
Inmediatamente fue arrestado y llevado a la comisaría de policía donde se negó a hablar durante varios días. Finalmente se encomendó al sacerdote Córdoba Gudino entablar amistad con Pedro Alonso López, quien tras una serie de interrogatorios confesó sus crímenes y reconoció más de 300 asesinatos en Colombia, Ecuador y Perú. Pedro explicó que primero violaba a sus víctimas, y entonces las estrangulabas mientras miraba fijamente sus ojos. Quería tocar el placer más profundo y de la excitación sexual más profunda. Llevó a los investigadores a un potrero cerca de Ambato, donde se hallaron 53 cadáveres de niñas entre 8 y 12 años, lo que sumó 57 muertes verificadas. También señaló otros lugares, donde no se encontraron cadáveres.

Wikipedia la enciclopedia libre
http://es.wikipedia.org/wiki/Pedro_Alonso_López
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El «Petiso Orejudo» asesino de niños

Cayetano Santos Godino, conocido como «el Pequeño Orejudo», disfrutaba matando. Comenzó a una edad temprana su macabra carrera, que acabó a los 16 años tras ser detenido en 1912. Aunque le condenaron a cadena perpetua por asesinar a cuatro menores e incendiar siete inmuebles, se autoinculpó de otras seis muertes
Por Ramy Wurgaft. Fotografías de Julieta Varela

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Un día de principios de 1944, un oscuro pero tenaz científico británico llamado John Clark desembarcó en Ushuaia, entonces un rústico caserío ubicado en el extremo austral de Argentina, cerca de los hielos antárticos. El hombre se dirigió a la cárcel -la única construcción sólida del pueblo- y entregó al comisario una carta firmada por un tal Juan Domingo Perón, ministro del presidente Edelmiro Farrel. La misiva del futuro generalísimo le autorizaba a exhumar el cadáver de Cayetano Santos Godino, uno de los 212 malhechores a quienes la Justicia deportó al último confín de la Patagonia para librarse de aquellos «enemigos irreductibles de la sociedad».

El inglés era uno de los últimos discípulos intelectuales de Francis Joseph Gall, fundador de la frenología, ciencia basada en el estudio de la mente y del carácter por la forma del cráneo. Cinco años antes, el mismo investigador había palpado minuciosamente la cabeza de Godino, llegando a la conclusión de que correspondía con la de un neurasténico pasivo. Es decir, a la de un enfermo que en plena vigilia se comporta igual que un sonámbulo. Para redondear su tesis y demoler el escepticismo de sus colegas en Europa, Clark necesitaba examinar el cráneo del difunto. Pero cuando la cuadrilla de reos excavó el pequeño cementerio donde debían hallarse los restos, se descubrió que la sepultura estaba vacía. Después de explorar en balde otras fosas y ante la posibilidad de que los reclusos, que se cruzaban sonrisas malignas, divulgaran otras irregularidades, el comisario Jorge Duarte confesó haber desarticulado el esqueleto del difunto y vendido los huesos a otros investigadores o coleccionistas de curiosidades. La propia esposa del jefe del penal se había quedado con un fémur, que utilizaba como pisapapeles.

Godino llegó a la llamada cárcel del fin del mundo en diciembre de 1923, con 27 años y junto con una partida de convictos que venían a bordo del Eusebio Lillo. La bitácora dejaba constancia de que el navío estuvo a punto de hundirse por una tormenta que azotó el canal del Beagle. Dos meses antes, Cayetano, alias el Petiso Orejudo, había sido condenado a prisión perpetua por asesinar con alevosía a cuatro menores e incendiar siete inmuebles. Los delitos probados sólo ocupaban las primeras páginas del prontuario, ya que el acusado confesó ser el autor de la muerte de otras seis personas que se encontraban desaparecidas. Y lo hizo en un tono monocorde, sin inflexiones, como quien describe los actos más triviales. El Petiso Orejudo, también conocido como el Murciélago Orillero, tenía 16 años cuando saltó a la fama como el primer asesino y pirómano en serie de Argentina. En la celda número 90 del presidio de Ushuaia, hoy convertido en museo, un muñeco representa al juvenil malhechor, con su traje a rayas de presidiario y sosteniendo la cuerda con que estrangulaba a sus víctimas.

En la segunda década del siglo XX, los argentinos conmemoraban el primer centenario de la república en medio de un bullente clima de optimismo. Gracias a la innovación de los barcos frigoríficos, los dueños de las haciendas ganaderas de La Pampa podían vender toneladas de carne fresca a Europa, que también importaba trigo, cebada y cuero de Argentina. Los mejores elencos teatrales y las celebridades del mundo de la ópera debutaban en el Teatro Colón para un público vestido a la última moda de París, que había sustituido el vino en garrafas por la burbujeante champaña. Pero en los arrabales de Buenos Aires nada había cambiado. Mientras los nuevos magnates festejaban su opulencia en los cabarés de la Avenida de Corrientes, el proletariado, compuesto en su mayoría por inmigrantes del viejo continente, se gastaba la vida cargando pesados bultos en los muelles del puerto o inhalando el aire emponzoñado de las curtiembres.

Flacucho y con orejas grandes. En ese medio proliferaban, junto con el fatalismo, las enfermedades, el alcoholismo y el crimen. El 17 de abril de 1912, los diarios consignaron tres sucesos en sus portadas: el hundimiento del Titanic, acaecido tres días antes; la primera gira al exterior de un joven talento llamado Carlos Gardel y un crimen que horrorizó a los porteños. Reina Bonita Vainicoff, hija de inmigrantes judíos, había recibido una vestimenta nueva con motivo de su cumpleaños. La niña, de 5 años, se estaba mirando en la vidriera de una zapatería cuando un chico vino por detrás y prendió fuego al vestido de percal, que ardió como una yesca. Un policía cubrió a la pequeña con su capa y la hizo rodar por la acera sin poder apagar las llamas que la envolvían. Reina Bonita murió a los pocos días a causa de las quemaduras. Un lustrador de zapatos declaró haber visto huir de la escena del crimen a un niño flacuchento «con orejas así de grandes».

En vez de seguir esta pista, la policía arrestó a Carmelo Ruggiero, alias el Potro de Avellaneda, un gigante acromegálico que solía acosar a las niñas a la salida de la escuela. Por una ironía del destino, los caminos de aquel coloso de dos metros y del diminuto criminal de apenas 1,60 de estatura se volvieron a cruzar en Ushuaia, donde por un tiempo ambos trabajaron en la carpintería del penal. Sin motivo aparente, como todos los actos que gobernaban su vida, el Orejudo aplastó a los gatitos que su compañero había adoptado como mascotas. La paliza que le propinó el Potro, junto con otros reos, mantuvo a Cayetano dos meses en el hospital.

En la época en que asesinó a Reina Bonita, Godino, con 16 años, ya era un pirómano consumado. Unos meses antes, en enero, prendió fuego a una bodega de materiales de construcción que ardió durante cuatro días sin que los bomberos lograran controlar el incendio. Una semana más tarde sustrajo el galón de parafina con que sus padres alimentaban la cocinilla y vertió el líquido en una tienda de fuegos artificiales. Esa noche, los cohetes iluminaron el cielo del barrio de Boedo para regocijo de los vecinos, que no entendían a cuenta de qué santo la municipalidad les ofrecía ese espectáculo de pirotecnia.

Entre los espectadores que se quedaron a presenciar cómo los bomberos combatían las llamas se encontraba el chico escuálido que más tarde relataría a Jorge Ceballo -médico y criminólogo de renombre- cómo el resplandor del fuego y el olor a carne chamuscada le excitaban de tal manera que perdía el control del esfínter y, en ciertas ocasiones, le hacía llegar al orgasmo. Como cuando quemó con un cigarrillo los párpados de Julio Botte, de 2 años, o cuando incineró el cadáver de un caballo al que mató a puñaladas en una cuadra del hipódromo de San Isidro.

En su libro acerca de los crímenes que estremecieron a la Argentina de principios del siglo XX, Una crónica de la infamia, Ceballo determinó que el Petiso presentaba los mismos síntomas que algunos de sus pacientes adictos a las drogas: «Los guardianes del reformatorio de Marcos Paz (donxde estuvo encerrado tres meses) lo ataban al catre para evitar que agrediera a los demás internos. En esas ocasiones se sacudía como un poseído, se arañaba la piel y se mordía los labios hasta sangrar. Sufría de fuertes jaquecas y de náuseas que le ponían en un estado comatoso. En suma, padecía de un clásico cuadro de abstinencia que sólo podía superar degollando, lacerando o estrangulando al prójimo».

Cayetano Santos Godino nació el 31 de octubre de 1896 en el seno de una familia de inmigrantes italianos, afincada en el conventillo (un caserón compartido por varias familias pobres) de Dean Funés, al sur de Buenos Aires. Fiore Godino y Lucía Rufo, ambos analfabetos, tuvieron nueve hijos. Al menor lo llamaron Cayetano en memoria de aquel otro que murió de tifus en el barco que abordaron en 1884 en un puerto de Cerdeña. Fiore nunca tuvo un empleo fijo y se desahogaba golpeando a los suyos o bebiendo en compañía de los rufiancillos y de las meretrices que frecuentaban los bares del puerto.

Aunque poseía una aterciopelada voz de contralto, no participaba en las veladas musicales con las que sus paisanos mitigaban la nostalgia por el viejo terruño. Cuando engendró a Cayetano, el campesino sardo era un cirrótico y comenzaba a perder el juicio a causa de la sífilis. Un día irrumpió en el puesto de policía y a gritos reclamó que encerraran a Cayetano: «Señor comisario, mi hijo molió a palos a un chiquito… Le arrancó los ojos al canario de los vecinos y los puso sobre mi cama… Sospecho que tiene el demonio metido en el cuerpo… Que ha matado gente». Según el parte policial, el sargento de guardia, Severino Calppio, acudió al domicilio del denunciante y allí, en medio de un enjambre de criaturas, encontró a un niño desgreñado, de grandes orejas apantalladas, que se mecía en una silla con los ojos perdidos en la semipenumbra del cuartucho.

Un cazador frío y calculador. El suboficial lo observó con una expresión mezcla de tristeza e indignación. En vez de ponerle las esposas, recriminó a Fiore con aire burlón. ¿Quería hacerle creer que aquella criatura famélica era responsable de los asesinatos que se habían registrado en las cercanías del conventillo? En vez de fastidiar a los agentes con sus desvaríos, el padre debía procurarle alimento y ocuparse de que fuese a la escuela. Al poco tiempo de aquella inspección, el Orejudo fue despedido de la obra en que trabajaba esporádicamente llevando comida y agua a los albañiles y salió a vagar por las calles de la ciudad. Sus pasos le llevaron hasta Progreso, un apacible barrio de clase media donde unos chicos jugaban a la pelota. Con calculada frialdad eligió a su presa: Jesualdo Giordano, un niño de 3 años, mofletudo, rubicundo y con la piel tersa de un querubín.

El homicida compró unos caramelos de chocolate con los que tentó a Jesualdo y le convenció para que lo siguiera hasta un baldío de la Quinta Moreno, bajo la promesa de que habría más golosinas. En el descampado derribó a su víctima de un puñetazo y lo inmovilizó poniéndole la rodilla en el pecho. Luego le ciñó al cuello la cuerda de albañil con que se sujetan los pantalones, pero no consiguió estrangular a la criatura que se revolvía, mordiéndole las manos como un tigrecillo. Finalmente, encontró en sus bolsillos un clavo de cuatro pulgadas y utilizando una piedra como martillo, se lo clavó en la sien.

Días más tarde, el cuerpo del pequeño fue encontrado cubierto con una plancha de zinc por un viandante. Los vecinos que concurrieron al velatorio de Jesualdo vieron a un adolescente deshilachado y sucio acercarse al pequeño ataúd y observar con atención el cuerpecillo que yacía adentro. Durante el interrogatorio, cuando el detective Ricardo Basseti le preguntó por qué lo había hecho, el Petiso Orejudo le dijo que para ver si el muerto todavía tenía el clavo incrustado en la sien.

El niño de barro, es película inspirada en esta historia y fue dirigida por Jorge Algora. Se estrenó el viernes, 18 de mayo de 2007, donde se narran

El Mundo.es, Magazine, domingo, 13 de mayo de 2007.    

http://www.elmundo.es/magazine/2007/398/1178817238.html

 

 

 

 

 

Cecilia era psiquiatra en la Colonia Open Door. La medianoche del 16 de junio de 1985 le dijo a su acompañante sus últimas palabras: “Andá tranquilo. Yo voy a descansar un rato”. Y se esfumó de la faz de la Tierra

La doctora Cecilia Enriqueta Giubileo, una psiquiatra de 39 años que trabajaba en la Colonia Open Door, situada en Torres, cerca de Luján, Provincia de Buenos Aires, fue vista por última vez la medianoche del domingo 16 de junio de 1985, cuando un enfermero y un paciente cruzaron algunas palabras con ella.

Luego, el único que la vio fue su asesino.

La desaparición de la doctora Giubileo, más allá de especulaciones e hipótesis, cosechó un espeso e impenetrable misterio.

La Colonia Open Door

A comienzos del siglo XX, un precursor de la psiquiatría argentina, el doctor Domingo Cabred, tuvo un sueño humanista, propio de aquel país que apostaba al futuro y donde se levantaban, casi de un día para otro, grandes edificios públicos, estaciones ferroviarias, puentes, teatros. Cabred fundó un asilo para albergar y curar a enfermos mentales pobres, que se hacinaban en hospitales que no estaban preparados para atenderlos o, a veces, en cárceles. El proyecto del doctor Cabred comenzó a hacerse realidad en 1906 y se inauguró oficialmente en 1915.

Cuando sucedieron los hechos, el manicomio -cuyo nombre oficial era Instituto Neuropsiquiátrico Dr. Domingo Cabred, pero al que se conocía como Colonia Montes de Oca o Colonia Open Door- ocupaba 600 hectáreas en las cercanías de un pueblo llamado Torres, en las inmediaciones de Luján, 80 kilómetros al oeste de la ciudad de Buenos Aires. No mucho tiempo atrás, Torres había sido un apeadero en el que se detenían algunos trenes para cargar y descargar tarros de leche y correspondencia. En 1985, tenía 1500 habitantes, varios centenares de los cuales prestaban servicios en Open Door. Familias enteras trabajaban en la colonia o realizaban tareas externas para esa institución. Algunos habían heredado el puesto del padre y hasta del abuelo.

Open Door era un mundo autosuficiente. Erigido en terrenos altos y fértiles, contaba con granjas, criaderos de aves, talleres. Por lo demás, a Torres, un típico pueblo de la llanura, lo rodeaban estancias y haras donde se criaban esos caballos argentinos de polo que son célebres en el mundo entero.

Open Door, que quiere decir “puerta abierta”, albergaba a 1200 deficientes mentales, distribuidos en 12 pabellones alrededor de un gran edificio central, especie de castillo normando. Los pabellones estaban separados por caminos y arboledas que sombreaban casi un tercio del predio. Hasta había una laguna.

Open Door fue concebido como un asilo abierto, en el que la paz de la naturaleza atenuara el dolor. Pero no era eso.

Era una sucursal del infierno.

“Me llamo Cecilia Giubileo”

Nació en 1946. Estudió medicina en la Universidad Nacional de Córdoba, en los trepidantes años sesenta. Militó en la izquierda, participó en huelgas y movilizaciones. El Cordobazo, en 1969, la vio entre los estudiantes que gritaban consignas en las calles de La Docta. Cecilia se enamoró de un muchacho llamado Pablo Chabrol. En 1972 se casaron y se fueron a vivir a España; se radicaron en Gijón, donde Cecilia trató de revalidar sus estudios. Pero el intento duró poco. Menos de un año. El matrimonio fracasó. Ella volvió y, ya definitivamente separada, se concentró en la facultad. En 1973, la Universidad Nacional de Córdoba le entregó su diploma de médica. Residió un tiempo en Campana, donde se empleó en una clínica metalúrgica, y en 1974, cuando entró a trabajar en Open Door, se afincó en Luján. Alquiló una casa en la calle Humberto I, y un consultorio en Torres. Aquí, una placa en la calle Calderón de la Barca 770 anunciaba su nombre y su especialidad: “Clínica médica”.

Cecilia Giubileo vivía sola.

La doctora era querida tanto en Luján, una pujante ciudad del oeste bonaerense, capital del catolicismo argentino, como en Torres. Trabajar en Open Door, en estrecho contacto con el dolor, era una opción humana, además de profesional. No siempre cobraba las consultas a sus pacientes particulares, algunos de los cuales no tenían con qué pagarle. En su tiempo libre, la doctora investigaba sobre el mal de Chagas; quizá planeaba un doctorado.

Cecilia era una mujer hermosa. Había teñido de rubio su pelo oscuro. Delgada -pesaba 51 kilos-, de boca sensual y ojos intensos, su risa era luminosa. Cuando desapareció, el periodismo hurgó en su vida sentimental. No fue difícil: en Luján y en Torres, todos se conocían. Cecilia había vivido varias relaciones intensas. Con un médico de Campana que le llevaba algunos años; con un contador público de la Capital con quien, al momento de desaparecer, había cortado. Con otro médico, un colega de Open Door; con él, trazó planes. La doctora había hecho inversiones: compró dieciséis hectáreas en la Sección Primera del Tigre. Según versiones, con el colega abrieron un plazo fijo a orden conjunta. La investigación escudriñó incluso sus amistades femeninas: enfermeras, empleadas de la colonia. Algunos medios insinuaron que no estaba definida la orientación sexual de la doctora. Una de sus amigas se indignó: “Si la ven con un hombre, hablan. Si tiene una amiga, hablan. Entonces, ¿una qué tiene que hacer, andar sola?”

La única confidente de Cecilia Giubileo era su madre, María Lanzetti, entonces de 60 años, viuda, que vivía en Córdoba. Las cartas que Cecilia le enviaba eran como un diario personal. Un semanario de Buenos Aires publicó algunos fragmentos. En uno de ellos, la doctora Giubileo se confesaba: “Quiero tener un hijo, formar un hogar… esperar a mi marido cuando llega del trabajo. Quiero y no puedo. No sé qué me pasa. No aguanto. Siento que me despedazo”.

La doctora Giubileo estaba de guardia el domingo 16 de junio de 1985, junto con otros dos profesionales. Llegó a la colonia desde Torres manejando su Renault 6 blanco. Firmó el libro de entradas a las 21.38. El tiempo era horrible: frío y húmedo. Al atardecer había bajado una neblina extraña, como un tul.

Los médicos de guardia permanecían en uno de los edificios del predio, llamado Casa Médica, y se trasladaban a los pabellones cuando algún interno lo requería. Aquella noche, la doctora Giubileo trató a un paciente con bronquitis y fiebre alta. Luego atendió el papeleo de unos familiares que vinieron a llevarse el cuerpo de una interna, fallecida por la tarde.

A las 0.15 -ya era lunes 17-, un enfermero de apellido Novello se cruzó con Cecilia Giubileo:

-¿Alguna novedad, doctora?

-Vengo del pabellón 7 -contestó Cecilia-. Atendí una urticaria gigante.

La doctora vestía un jogging azul, con vivos claros, campera celeste y zapatillas blancas. El pabellón 7 estaba a unos quinientos metros de la Casa Médica y la doctora había hecho el itinerario a pie. Pero Cecilia no fue y volvió sola: un paciente llamado Miguel Cano la había ido a buscar y la acompañó de regreso. Aquella noche, el conmutador telefónico de la colonia no funcionaba. Los senderos estaban bien iluminados, con luces de mercurio.

Las pistas

Amaneció el 17 de junio. La colonia se despertó a la luz lechosa de ese lunes. Seguía el mal tiempo. En el estacionamiento, aún estaba el Renault de la doctora Giubileo. Fueron a buscarla, pero el dormitorio estaba vacío y la cama, sin tender. En la mesa de luz sólo encontraron un par de zapatos marrones con puntera beige. No estaba su bolso ni su maletín médico. ¿Salió del predio? ¿Alguien entró a visitarla?

Al cabo de unos días, los amigos y allegados de Cecilia, alarmados, hicieron la denuncia en la comisaría de Torres, donde quedó asentada como “búsqueda de paradero”. La policía comenzó a reconstruir los movimientos de la doctora durante aquella noche. Pero todo terminaba cuando la doctora le había dicho al paciente que la había acompañado desde el pabellón 7 hasta la Casa Médica: “Andá tranquilo. Yo voy a descansar un rato”.

Luego no se la vio más. No pasó nada extraño entre la noche del domingo 16 y el lunes 17 de junio de 1985 en la Colonia Open Door. Sin embargo, la doctora Giubileo se había esfumado.

Comenzó la lenta y penosa investigación sobre el paradero de Cecilia Giubileo, conducida por el juez federal doctor Héctor Heredia. De pronto, ante los ojos asombrados de los internos, la colonia fue invadida por inesperados visitantes. Jaurías de perros adiestrados husmearon los rincones. Un helicóptero sobrevoló el lugar buscando huellas. La policía se internó en túneles jamás explorados. Se revisaron sótanos y altillos con polvo de siglos. Las brigadas rastrillaron cada centímetro del predio. Se abrieron dos pabellones clausurados.

La familia de Cecilia, para activar la causa, contrató a un abogado, el doctor Marcelo Parrilli, quien señaló un dato extraño: la doctora había cargado el tanque del Renault el domingo por la tarde. Sin embargo, cuando lo revisaron frente a la Casa Médica, no tenía ni una gota de nafta. Otro dato llamativo: el paciente que fue a buscar a la doctora a la Casa Médica y la acompañó al pabellón 7 había visto salir un furgón funerario. Lógico: se llevaba el cuerpo de la paciente muerta. Pero también vio un coche negro con las ventanillas delanteras y traseras cerradas. Y la funeraria no sabía nada de ese coche.

El personal de la colonia fue interrogado minuciosamente. Pero los pacientes, esos mil doscientos pares de ojos, eran testigos mudos: muchos de ellos no podían expresarse. Y si lo hacían, ¿se podía confiar en la palabra de esos enfermos? El caso Giubileo encerró una paradoja: los que podían hablar, no sabían. Los que, quizá, supieran algo, no podían hablar.

La conexión política

Se hurgó en la vida sentimental de la médica, lógicamente agitada por tratarse de una mujer joven, hermosa y libre. Pero todos los involucrados soportaron la investigación sin que pudiera acusarse a nadie.

Cecilia Giubileo trabajaba, había empezado a practicar taekwondo, estudiaba canto y participaba en un coro de Luján. Tenía amistades en Torres, donde visitaba a una persona mayor conocida como “la abuela Bellido”, una anciana muy querida en el pueblo y que era para Cecilia como una segunda madre. A veces visitaba a la doctora una ahijada de ocho años que solía quedarse a dormir. Esa noche debió haber ido la niña, pero Cecilia la hizo desistir. ¿Significaba algo todo esto?

¿Tenía que ver el pasado tormentoso del país con la desaparición de la doctora Giubileo? Se especuló con ello. Pablo Chabrol, su ex marido, no registraba antecedentes políticos, pero dos hermanos de él habían militado en el ERP y estaban en las listas de desaparecidos de la Conadep. El suegro, Pablo Pedro Chabrol, molestó a los militares con sus incansables gestiones para averiguar el paradero de sus dos hijos, por lo que también él fue detenido y castigado.

Pero la conexión política no avanzó porque no pudo hallarse una relación entre estos sucesos y la misteriosa desaparición de Giubileo.

Otras hipótesis tampoco prosperaron: se dijo que Cecilia pudo haber sido secuestrada para pedir un rescate. En su casa de la calle Humberto I, guardados en una caja de maicena, se encontraron 3000 dólares, sus ahorros. Pero nadie pidió rescate. La posibilidad de que algún paciente de la colonia la hubiese atacado fue desinflándose: ¿era plausible que un deficiente mental planeara un crimen con tanta precisión? Los más insólitos rumores se desataron: se dijo que Cecilia había sido vista cuando entraba en un castillo en Lobos; también mientras caminaba por una calle de Tucumán o de Trelew…

El factor Menguele

Poco a poco, el verdadero rostro de Open Door salió a relucir: había tráfico de órganos, se utilizaban enfermos como cobayos para experimentar nuevas drogas. La corrupción reinaba en un hospital en el que el 85% de los pacientes no habían sido visitados por nadie durante el último año, según reveló un estudio realizado por la socióloga Silvia Balzano, del Conicet, mucho después. La desorganización, el caos administrativo y la desidia hacían de Open Door un depósito de cobayos. Las evidencias eran abrumadoras: cuando se renovó el mobiliario se sobrefacturó la compra. ¡El Estado pagó por 25.000 sábanas, pero sólo ingresaron unas pocas!

La encuesta judicial, pero sobre todo las investigaciones de la prensa, perforaron las complicidades oficiales y la opinión pública.

Miles de pacientes habían pasado por la colonia sin que se registrara su alta o defunción. En el sumario interno, el director de la colonia alegaba que los pacientes solían escaparse. Pero uno de los “huidos” era parapléjico. ¿Por qué la tasa de mortalidad era tan alta? ¿Se realizaban en Open Door extracciones de córneas? ¿Se traficaba con plasma, que en aquella época se vendía a 60 dólares el litro? ¿Eran los mil doscientos pacientes de Open Door donantes involuntarios? ¿Se vendían riñones, hígados, córneas, de pacientes (¡vivos!) por quienes nadie protestaría? Cuarenta años antes, el doctor Menguele había hecho eso… en Auschwitz.

La conexión de este infierno con la doctora Giubileo no tardó en instalarse en la opinión pública. Si en su vida privada no se encontraban motivos para su asesinato, sólo había que sumar dos más dos: Cecilia había metido la nariz en un turbio mundo ilegal.

Se abrió un sumario por las irregularidades de la colonia, que incluían maltrato sexual hacia las enfermas y sospechas de rufianismo. Pacientes de Open Door habían quedado embarazadas y hubo apropiación de los recién nacidos. Algunos periodistas que investigaban el caso, como Enrique Sdrech, fueron amenazados. La BBC destacó un equipo encabezado por Bruce Harris, que realizaba una investigación sobre el tráfico mundial de órganos. Más de media hora de ese documental trataba sobre la siniestra realidad de la colonia. La repercusión de este programa de TV fue enorme. El Dr. Florencio Eliseo Sánchez, director del instituto, fue inculpado y detenido. Murió en la cárcel, sin haber revelado ningún dato que aclarara el misterio.

Una de las tantas preguntas sin respuesta es la siguiente: ¿por qué no se dragó el lecho de la laguna de Open Door? ¿Yacía en su fondo el cuerpo de la médica?

Noticias sobre el infame tráfico de órganos han aparecido muchas veces en estos últimos veinte años. Cecilia Enriqueta Giubileo permanece desaparecida. Nadie fue inculpado por su presunta muerte.

Por Alvaro Abos

* Alvaro Abós ha publicado más de veinte libros. Entre ellos, sus resonantes biografías de Natalio Botana, Macedonio Fernández y Xul Solar, que le valieron en 2004 el Premio Konex. Al pie de la letra, su guía literaria de Buenos Aires, traducida ya a varias lenguas, fue llevada a la televisión por el Canal (á). Colabora en El País (Madrid) y La Nacion. Sus últimos títulos son La baraja trece (relatos) y Cinco balas para Augusto Vandor (novela).

Fuentes: Artistas, locos y criminales, de Osvaldo Soriano; Enemigos públicos, de Osvaldo Aguirre; Crímenes argentinos, de Rolando Barbano, y otros.

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1 comentario

  1. pongan mas explicitos a los delincuentes de venezuela y pongan fotos


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