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Acribillados en la frontera

Fueron acribillados dos efectivos de la Guardia Nacional que se encontraban en el punto de control ubicado en el sector Palotal, municipio Bolívar, en la frontera con el departamento colombiano de Norte de Santander, el pasado 2 de noviembre de 2009. Las víctimas fueron identificadas como Gerardo Zambrano Zambrano, sargento mayor de segunda, de 39 años de edad, y el sargento primero Buissy Segnini Lopez, de 33 años. Cuatro sujetos en motocicletas de alta cilindrada, pasaron por el punto de control y sin mediar palabra desenfundaron sus armas y dispararon en varias oportunidades contra los uniformados. Posteriormente se dieron a la fuga.

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MUERTO ANTES DE LOS 18

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En lo que va de año, 91 menores de edad han sido asesinados en Caracas, según el Cicpc. Pero esta cifra podría ser mayor

Yelber José Hernández, Rosmer Radamés González y José Gregorio Bonardi tienen algo en común: fueron asesinados antes de cumplir la mayoría de edad en Caracas. Ninguno culminó estudios de bachillerato, todos tenían 17 años cuando fueron alcanzados por impactos de bala entre la noche del domingo 16 de agosto y el pasado miércoles.

No son los únicos. Son los últimos tres menores de edad de 91 asesinados en lo que va de año en el área metropolitana de Caracas, según estadísticas proporcionadas por funcionarios del Cuerpo de Investigaciones Penales, Científicas y Criminalísticas (Cicpc). La cifra representa 20% de los homicidios de niños y adolescentes cometidos en 1992 y la mitad de los reportados hace cuatro años en todo el país.

La violencia se ha convertido en una alcabala de la juventud.

“Hemos disminuido los casos de muertes de infantes por enfermedades y se han incrementado exponencialmente los decesos por violencia”, explicó Fernando Pereira, coordinador de la organización social dedicada a la defensa de niños y adolescentes Cecodap.

A Rosmer le dieron un tiro en el cuello el martes para robarle un Blackberry y otras pertenencias, en un sector de Petare al salir de la casa de su abuela para hacer unas compras. Era el consentido de su mamá, quien lo buscaba diariamente en el liceo.

Yelbert corrió con una suerte similar. También se retiró hace dos domingos de su puesto de trabajo en el mercado de Coche para comprar almuerzo. “Eran las 4:30 de la tarde y lo mataron de tres tiros, no le hacía daño a nadie. Lo que pasa es que en este país asesinan a la gente por vicio”, relató Karla Hernández, hermana de la víctima.

Pereira observa estos casos con una lectura definida. “Las causas son multifactoriales, como sociedad deberíamos tener planes y programas que atiendan esos elementos y no focalizarse sólo en el plano de seguridad o en la materia policial”, afirmó.

A nivel internacional, Venezuela sobresale por sus índices de violencia. Pese a que los asesinatos se han incrementado en casi la totalidad de los países del continente, es en esta nación donde se presenta una situación crítica. Tan sólo el año pasado se reportaron 13.129 homicidios, de los cuales 2.165 ocurrieron en el área metropolitana de Caracas. Los disparos no discriminan.

Bonardi murió el pasado miércoles por impactos de bala en El Valle, ubicada en el municipio más violento de acuerdo a estadísticas recopiladas en 2008 por el Ministerio de Relaciones Interiores y Justicia. El muchacho se vino hace poco tiempo desde el estado Sucre.

PROHIBIDO ACOSTUMBRARSE

Varones, entre 13 y 17 años y residenciados en sectores populares, es el perfil común de los menores de edad asesinados. “Tenemos que sincerarnos como ciudadanos. Entendemos que los criminales son una minoría, pero eso no quiere decir que como sociedad validemos y toleremos estas conductas. En el caso de los agresores menores de edad, se debe actuar sembrando valores desde la infancia”, explicó Pereira.

ALCUALDIGITAL, miércoles 2 de septiembre de 2009

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LA BURUNDANGA

No es una cumbia. Tampoco una nueva bebida alcohólica. Es, simplemente, una droga oriunda de Colombia que ya desembarcó en nuestro país. Pero no cualquiera la puede conseguir porque la burundanga no se vende en ninguna parte. Sólo la mala suerte hará que se te cruce en el camino.

Numerosos crímenes cometidos en Santiago han sido atribuidos a la utilización de la burundanga, pues, tras ingerirla, la persona quedaría en un estado similar a la hipnosis, siendo capaz de ejecutar todo tipo de órdenes sin oponerse. Sin embargo, muchos creen que se trataría de un nuevo mito urbano, nacido de la mano de abundantes noches de parranda. ¿Mito o realidad? .

Es usada por brujos, nazis, espías y delincuentes, la escopolamina está irremediablemente unida al lado oscuro del hombre. Se trata del componente de la llamada burundanga, una sustancia que prácticamente hipnotiza a las víctimas dejándolas a merced de los delincuentes y cuyo uso entre los criminales está en franco aumento.

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La planta

Los efectos de la burundanga son hasta cierto punto similares a los que tienen los roofies, nombre común de un compuesto químico (rohypnol) que se usa en Estados Unidos con varios fines delictivos, entre ellos la violación de mujeres, como ha ocurrido en varios sonados casos.

Usualmente, la burundanga, que no tiene un sabor u olor característico, se mezcla con bebidas o comidas cotidianas y se suministra a potenciales víctimas. Las precauciones han sido útiles y el recelo de la población ha conducido a los delincuentes a crear otros mecanismos para proporcionarla. Ahora se encuentra en forma de spray que es esparcido en la cara, mimetizada en un cigarrillo o puede ser inyectada en cualquier calle o en medio de una multitud.

La reacción que produce la burundanga varía mucho. Para algunos afortunados los signos como mareos, visión borrosa o la boca seca les ha servido de alerta para buscar ayuda inmediatamente. Otros, la mayoría, no alcanzan a reaccionar y la confusión, desorientación y pérdida de la voluntad los pone a merced de los malhechores.

Como la droga que mata la voluntad es calificada la escopolamina, más conocida en el argot criminal como la burundanga, una sustancia que por sus propiedades amenaza con convertirse en “la” pomada para que los delincuentes hagan de las suyas al, prácticamente, lavarles el cerebro a las víctimas, a las que luego de la fechoría les da por dormir.

Si bien los organismos policiales dicen no manejar mayores antecedentes respecto de qué se trata, sí reconocen que su nombre no es desconocido en nuestro terruño. Incluso ya se contarían algunos casos donde la explicación, al menos de los afectados, parece apuntar al hecho de haber sido sometidos a los efectos de este potente y peligroso alcaloide.

Se trata de una sustancia química que produce una intoxicación similar a la atropina, de manera que los pacientes tienen alucinaciones, alteraciones en el estado de conciencia y una pérdida de la memoria. Entonces, fácilmente pueden verse llevados, voluntariamente incluso, a firmar documentos, retirar dinero de los cajeros automáticos y hasta revelar una clave secreta bancaria. Después, como no pueden llevar toda esta información a la base de datos de su computador cerebral, no se acuerdan ni de quién los intoxico, lo que demuestra la gravedad si llega a manos de malandrines.

Como corderitos

Recientemente, un caso con tales rasgos sorprendió al Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc) que opera en Chacao, Venezuela, tras constatarse una decena de denuncias donde los afectados quedaron con lo puesto, sin necesidad de ser intimidados ni usar la fuerza porque ellos se entregaron solitos a la acción de los delincuentes, para colmo, no se dieron cuenta de lo que había ocurrido.

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Después de varias semanas de averiguaciones, la policía logró atrapar a un delincuente oriundo de Barranquilla, en Colombia, a quien pillaron justo cuando suministraba escopolamina en la bebida de la persona a la que le había echado el ojo al interior de un centro nocturno. Con el malhechor tras las rejas, de paso se aclararon otras 15 denuncias, todas de jóvenes que habían sido vejados y despojados de sus pertenencias.

En Chile, al menos en las últimas semanas, dos casos son achacados a la burundanga, uno de ellos el de Fabián, un joven al cual, dentro de un pub del barrio Suecia, dos mujeres habrían echado este elemento en su trago antes de que se fueran juntos a jaranear. ¿Resultado? Al día siguiente despertó y le habían hurtado el auto, electrodomésticos y robado el dinero del Redbank, porque él mismo les entregó, manso como un corderito, la clave de acceso. “Quedé tirado a los tres minutos que estaba tomando la cerveza y no sentí ningún gusto extraño ni nada”, dijo a un noticiario.

En su caso fueron dos personas de unos 25 años las que se aprovecharon de su nobleza, en lo que el doc París no duda en catalogar como un ejemplo de “la nueva burundanga”, es decir, la escopolamina mezclada con diazepán (ésta, según la literatura científica, a su vez impediría las convulsiones en caso de que a alguien se le vaya la mano con las cantidades) y que pasa piola dentro de un vaso de alcohol.

“El exceso de esta sustancia a nivel de sistema nervioso central impide la incorporación de estas vivencias, de este nuevo conocimiento a la memoria; pero durante el momento en que el individuo está actuando lo hace casi de manera normal, no tiene problemas”, advierte el galeno.

Planta colombiana

Pero ¿de qué se está hablando? La escopolamina es un alcaloide que se extrae de plantas de la familia de las solanáceas, principalmente del cacao sabanero o borrachero y de la datura, planta de origen colombiano, mientras que el término popular burundanga, usado por brujas y hechiceros en ritos de la cultura precolombina de los chamanes, por ejemplo, viene del afrocubano y significa brebaje o bebestible utilizado con fines delictivos.

Los alcaloides se absorben rápidamente en el tracto gastrointestinal y es por vía oral como más frecuentemente se administra a las víctimas, en la forma de dulces, chocolatines, bebidas como gaseosa, café y licor. A través de la vía inhalatoria no se descartan sus efectos, como en cigarros o por aplicación sobre la piel de linimentos.

En Ecuador, incluso, fueron descubiertos volantes distribuidos en las calles e impregnados con este polvo, lo que permitía a los hampones actuar dentro de las dos a seis horas que dura su efecto.

De acuerdo a Enrique París, la burundanga en Colombia es la segunda causa más importante de intoxicaciones, mientras que si la dosis es muy alta la víctima suele presentar hipertensión arterial, taquicardia severa, midriasis (dificultades para mirar) y la piel caliente y enrojecida, pudiendo llegar a hacer convulsiones y eventualmente, la muerte.

Acá, en tanto, tenemos nuestra propia burundanga en el llamado chamico, una planta silvestre de propiedades similares al floripondio. Con el hongo venenoso amanita muscaria sucede algo parecido, porque ambas aumentan la frecuencia cardiaca, la frecuencia respiratoria, producen midriasis y retención urinaria y gástrica, tal como lo hace la atropina.

“La nueva burundanga además de producir amnesia, el paciente duerme. Puede quedar muy dormido una vez que empieza a surtir efecto el diazepán. La duración de este cuadro depende del peso de la persona y la dosis suministrada. Tiene la ventaja de que es incolora, inodora e insípida, con lo que la persona no se da cuenta”, indica.

El consumo, aunque sea mínimo, en un niño es aún más dañino. No sólo puede llegar a presentar convulsiones, sino a morir en cosa de minutos.

No acepte tragos de extraños

– Por sus características de polvillo insípido e incoloro, las recomendaciones sobre la burundanga apuntan a no aceptar tragos ni otras bebidas de extraños, sobre todo en pubs y clubes nocturnos, que son los sitios de donde se tiene indicios de que ocurren estos ataques.

– Como se trata de un hipnógeno capaz de controlar a la víctima con el fin de cometer delitos, la persona se somete por completo a las órdenes del delincuente, sin presentar ninguna clase de oposición. Por sus efectos antiespasmódicos, es también utilizada en las terapias contra ciertas enfermedades, como el Parkinson.

– El árbol que le da origen es tan común en las zonas rurales de los alrededores de Bogotá, la capital colombiana, que las madres advierten a sus hijos no dormirse debajo de su follaje porque sus flores blancas y amarillas inducen estados de alucinaciones y sueños extraños.

– Entre los síntomas que ocasiona están la disminución de la producción de saliva, dificultades para deglutir y hablar, dilatación de las pupilas, visión borrosa, taquicardia e hipertensión.

– En la época hitleriana, la escopolamina fue usada por el médico nazi Joseph Menghelle, y también la Central de Inteligencia Americana (CIA) recurrió a ella, haciéndola conocida como “la sombra de la noche”.

Puede provocar hasta la muerte

Burundunga suena a brujería, a un rito de las razas africanas o a uno de los temas contagiosos de la cantante cubana Celia Cruz, pero lejos de ser inofensiva, es de temer entre la población, sobre todo entre las mujeres. En otros países ya se reportan casos de vejámenes sexuales y violaciones bajo sus efectos.

Al ser absorbida ocasiona un estado de pasividad completa de la víctima con actitud de “automatismo”. Recibe y ejecuta órdenes sin oposición, desapareciendo los actos inteligentes de la voluntad y la memorización de hechos, lo cual es aprovechado por los delincuentes.

Bloquea las funciones relacionados con aprendizaje y memorización. En algunas personas puede causar desorientación, excitación psicomotriz, alucinaciones, delirio y agresividad, en tanto que en dosis muy altas causa convulsiones, depresión severa, coma y aún la muerte.

Cantidades muy altas desencadenan arritmias cardíacas, taquicardia severa, fibrilación, insuficiencia respiratoria, colapso vascular y muerte.

El efecto máximo se alcanza durante una a dos horas y cede paulatinamente.

Origen

El toloache es una datura de origen americano que se ha utilizado con un sinfín de propósitos desde antes de la llegada de los españoles al continente. En el Nuevo Mundo, los mexicas lo llamaban tolohuaxíhuitl y tlápatl. No sólo se le empleaba para provocar alucinaciones visuales, también tenía usos medicinales, en especial para aliviar dolores y reducir hinchazones. Un poco después de la conquista de México, Francisco Hernández, el médico del rey, menciona en un escrito sus valores medicinales, aunque advierte que el uso excesivo puede volver locos a los pacientes, provocando “varias y vanas imaginaciones”.

Etimología

La palabra toloache viene de toloatzin que en lengua náhuatl significa “cabeza inclinada”.

QUÍMICA

Identificación

La planta se reproduce mediante la polinización que llevan a cabo los insectos nocturnos. Sus flores son blancas con un halo violeta o azul y sus hojas tienen un olor desagradable. Los frutos son bayas espinosas del tamaño de una nuez que contienen muchas semillas pequeñas.

A estas las alturas les gusta crecer a las orillas de las poblaciones.

Formas de adulteración

Ninguna.

FARMACOLOGÍA

Mecanismo de acción y formas de empleo

Cuando el toloache es ingerido oralmente, sus efectos comienzan entre los 15 y los 30 minutos. La escopolamina que contiene esta planta es otro agente anticolinérgico que actúa bloqueando los receptores colinérgicos en el cerebro. En función de ello se deprimen los impulsos de las terminales nerviosas o, si la dosis ha sido elevada, se estimulan y posteriormente se deprimen.

Usos terapéuticos

Otro uso de la escopolamina es para detener los ataques asmáticos. Durante mucho tiempo estuvo disponible en México bajo el nombre comercial de Asthmador® con este propósito. Otra forma de usar la escopolomina consistía en enrollar hojas secas de toloacheen cigarrillos. Fumar uno de éstos durante un ataque de asma puede detenerlo rápidamente en muchos casos. El mecanismo exacto es incierto, pero se cree que la escopolamina administrada en esta forma, relaja los bronquiolos de los pulmones. Otra aplicación de la escopolamina en la medicina moderna es como agente para combatir algunas manifestaciones del Mal de Parkinson.

Dosificación

La dosis terapéutica mínima de escopolamina es de 10 mg. La dosis letal se halla alrededor de los 100 mg. Como resulta difícil calcular las concentraciones de escopolamina que contiene una planta de toloache debe considerarse como muy peligroso, ya que la dosis terapéutica es muy cercana a la dosis letal.

Efectos psicológicos y fisiológicos

Heffern asegura que el toloache:

No es un alucinógeno en el mismo sentido que el LSD o la mezcalina, por dos razones principales. Primero, las alucinaciones duran más -tanto como tres días si el sujeto dura tanto. Segundo, las alucinaciones son de una naturaleza diferente. Son auditivas por lo menos tanto como son visuales, mientras que las alucinaciones inducidas por LSD o mescalina son primordialmente visuales. Además, el individuo que toma una dosis alucinógena de escopolamina a menudo pierde todo contacto con la realidad. Puede correr tras una fantasía o huir de objetos imaginarios. Frecuentemente sostiene conversaciones incoherentes con personas inexistentes. (13)

A nivel físico las pupilas se dilatan, aumentan el pulso y el ritmo respiratorio y la acción de los músculos involuntarios decrece. En dosis pequeñas el toloache tiene efectos sedativos. De hecho es ingrediente de algunas preparaciones para dormir. En cantidades un poco mayores, seca las membranas mucosas de la nariz, la boca, la garganta y otras áreas. No se ha confirmado daño genético en humanos debido al uso de la escopolamina.

Potencial de dependencia

El toloache no provoca tolerancia ni adicción física o psicológica. Su retiro no supone síndrome abstinencial alguno.

¿Qué hacer en caso de emergencia?

La intoxicación con toloache es muy peligrosa, ocasiona vómitos, convulsiones y en casos graves coma y muerte. Ante cualquier sospecha hay que solicitar asistencia médica para que se aplique un lavado gástrico y se trate al paciente con carbón activado o con un inhibidor de la colinesterasa como la fisostigmina.

Datos de interés

Régimen legal actual

El cultivo del toloache es legal y puede comerciarse libremente; de hecho es relativamente fácil hallarlo en los mercados mexicanos especializados como el de Sonora en el Distrito Federal.

El toloache como elemento ritual

Diversos pueblos indígenas de América han empleado el toloache con fines terapéuticos y rituales. Los yaquis y los zuni le atribuyen el poder de volar o transportar el alma hacia el infinito. Los navajo lo utilizan para inducir visiones, diagnosticar enfermedades y provocar curaciones. Los jíbaros se lo dan a los niños que se portan mal, creyendo que los espíritus de sus ancestros los castigarán. Algunas tribus norteamericanas también utilizan esta datura en los niños durante algunos ritos de iniciación a la adolescencia en los que el tránsito simbólico entre la muerte y el renacimiento justifica los potentes preparados.

En México no ha disminuido su uso ni en las ceremonias mágico religiosas, ni como agente terapéutico, además no es raro que el toloache se agregue al mezcal de agave o al tejuino de maíz para aumentar su poder embriagante. Entre los yaquis, las mujeres lo toman para aliviar los dolores del parto. Los huicholes lo utilizan como medicamento, pero es considerado tan poderoso que sólo puede ser manejado por alguien de autoridad. Un etnobotánico escribió: “Mis recolecciones de estas plantas eran acompañadas por avisos de que me volvería loco y moriría a causa del mal trato que les daba. Algunos indios rehusaban hablar conmigo durante algunos días después de la recolección.”

¿Quién no ha escuchado alguna historia de embrujos con toloache en México?

Los navajos toman toloache por sus propiedades visionarias, lo utilizan para hacer diagnósticos, para curar o simplemente para intoxicarse. Sin embargo, el uso que le dan los navajos siempre es de orientación mágica. Si el amor de un hombre es rechazado por una mujer, aquél puede buscar venganza poniendo su saliva o polvo de sus mocasines en una datura, y luego entonará un canto que volverá inmediatamente loca a la muchacha.

Aún en la actualidad y fuera del ámbito navajo, los relatos de amantes despechadas que inducen amor o más comúnmente, sometimiento en el objeto de su amor mediante el toloache, son innumerables. En los mercados mexicanos especializados en abastecer a herbolarios y brujos, es fácil encontrar esta planta acompañada de oraciones, recetas y consejos para su utilización. Además, el toloache ha sido empleado en México (tal como otras daturas en el resto del mundo) para inducir psicosis temporal ya que la víctima es incapaz de recordar los incidentes cuando los efectos desaparecen.

Por: Licenciada Edisabeth Segovia – División de Prevención de Drogas. Tomado de la revista CICPC.

El secuestro en Barinas toca hasta a los más pobres

Hasta el 8 de mayo se registraron 35 plagios, más que en Zulia y Táchira

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En Barinas ya no hay protesta contra el secuestro que valga, las autoridades niegan el incremento y los maleantes siguen “trabajando” (Fernando Sánchez)

A José Pérez lo esperaron dentro de su finca en Barinas para secuestrarlo. Tres hombres armados lo interceptaron y se lo llevaron. Cuatro meses lo tuvieron cautivo, mientras negociaban el monto por el cual lo liberarían.

Como José, otras 35 personas han sido plagiadas en el estado Barinas este año, hasta el pasado 8 de mayo. La entidad bandera en este tipo de delitos en toda Venezuela según el mismo Cicpc.

Cuando lo capturaron creyeron que José tenía más dinero del que de verdad poseía. Semanas después del secuestro se lo hicieron saber: “Nosotros creíamos que tú tenías más plata, pero no importa, algo vales& tu familia reunirá algo y nos pagará”, le dijeron un día que abrieron la puerta que estaba en el piso pero que a José le servía de techo, en el minúsculo sótano donde lo mantuvieron todo el tiempo cautivo. Allí adentro no podía ni estar de pie, así que estuvo sentado o agachado durante los cuatro meses de cautiverio. Comió enlatados y galletas; hizo sus necesidades en un balde que le pasaban a diario y se bañó eventualmente.

José no es el nombre real de ese productor agropecuario, su identidad quedó anónima por protección.

Pero el gremio de ganaderos no es el más azotado en el estado que vio nacer al presidente Chávez; allí cualquiera es un “secuestrable”, tanto que, según cifras del Cicpc, es la entidad, desde 2008, con mayor número de plagios. Según Fedenaga, sólo cuatro son productores agropecuarios, los demás re-sultaron estudiantes, amas de casa, comerciantes y profesionales.

Los más azotados De esos, según explicó Manuel Cipriano Heredia, vicepresidente de la central ganadera, los más azotados son los estudiantes. Ellos manejan cifras que demuestran el miedo que tienen los barineses a ser plagiados.

Según investigaciones de Fedenaga, 20 alumnos de una universidad privada (el nombre no se especificará por requerimiento de la fuente) fueron retirados por sus representantes y otros 25 de un colegio privado. Esas 45 familias se fueron de la entidad, asustados por el incremento desmedido de los secuestros.

De todo Barinas, cinco son los sectores más peligrosos: Pedraza, Antonio José de Sucre, Andrés Eloy Blanco, Ezequiel Zamora y la capital, Barinas.

Allí, grupos del FBL, ELN, FARC, disidentes de cada uno de ellos y hampa común se dedican a la “industria” del secuestro, según refiere la investigación de Fedenaga, pero también del Cicpc.

Y aunque los embates del secuestro tocan hasta a los más pobres, el gobierno regional niega que esto en realidad ocurra.

No pasa nada y ocurre de todo El viernes 9 de mayo, Adán Chávez, gobernador de la entidad y hermano del presidente de la República, dijo en su programa ALÓ MAESTRO: “Cada día que pasa Barinas es más segura que nunca& Les aseguramos que vamos, en poco tiempo, a tener a nuestro estado más seguro de lo que ya está”.

Pero Barinas no sólo padece el flagelo del secuestro, también el de la violencia. Según reporta el rotativo regional La Prensa de Barinas de Venezuela, hasta el jueves 8 de mayo, más de 170 personas fueron asesinadas en la entidad durante 2009. “Las estadísticas hemerográficas revelan que enero fue el mes más violento en Barinas con 51 homicidios. En febrero se reportaron 38 asesinatos, por 43 del mes de marzo y 30 de abril pasado”, completa el diario.

iiglesias@eluniversal.com
María Isoliett Iglesias. El Universal, domingo  24 de mayo de 2009

La muerte imparable

PABLO ORDAZ

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Patrullamos con la policía federal por uno de los lugares más peligrosos del mundo: Ciudad Juárez, en la frontera de México con EE UU. Un pozo irrespirable donde cada día se registran de media cinco muertes violentas. Es la podredumbre del narcotráfico.

Hasta hace 20 minutos tenía 14 años y se llamaba Raúl. Estaba parado en la esquina de su casa, charlando con dos amigos. Un coche apareció muy lentamente por el final de la calle llena de gente. Cuando estuvo a su altura, dos hombres -ni jóvenes ni viejos, ni guapos ni feos, nunca nadie ve nada en Ciudad Juárez- se bajaron y apuntaron sus armas sobre él. Un tiro, dos, tres…

El Ejército desembarca en Ciudad Juárez para hacer frente a la violencia

México

A FONDO

Capital: Ciudad de México.

Gobierno:República Federal.

Población:109,955,400 (est. 2008)

Un tiro, dos, tres… Así hasta 25. Se llamaba Raúl y tenía 14 años

Según el propio presidente de México, más de la mitad de la policía “no es recomendable”

La muerte aquí es una herramienta de trabajo, de poder, de advertencia

La situación llegó al límite. “o combatíamos a los ‘narcos’ o les entregábamos el país”

Ahora ya no tiene 14 años ni se llama Raúl. Sólo es el último muerto de esta ciudad maldita donde el único negocio que florece es el de las funerarias. Un tiro, dos, tres… Así hasta 25. Los perros ladrando. El padre de Raúl escuchando los disparos, bajando a la calle, descubriendo justo lo que el presentimiento le iba diciendo al oído. Su hijo de 14 años, estudiante de secundaria, desplomado entre la acera y un Ford Thunderbolt de color crema. Con la cabeza destrozada a balazos.

Los perros no han dejado de ladrar ni la gente ha abandonado la calle. Jóvenes muchachos de la edad del difunto siguen charlando y comiendo helados mientras los agentes van poniendo un triángulo amarillo por cada casquillo encontrado. Veinticinco triángulos amarillos. Ninguno a más de dos metros de distancia de donde está el cadáver. Un fusilamiento perfecto. Ni la vieja chapa del Ford color crema ni las paredes de la calle Calexico han resultado dañadas. Raúl quiso huir, pero le dieron caza. Con la misma precisión que a sus dos amigos, que yacen al final de la calle, también rodeados por la curiosidad y los triángulos amarillos.

Un hombre joven fuma dentro del cordón policial. Es el padre de Raúl. Ni siquiera llora. Sólo fuma, un cigarro tras otro. Le cuenta al reportero sus últimos 20 minutos. Que escuchó los disparos. Que bajó atropelladamente temiéndose lo peor. Que se encontró a su hijo así:

“Como ningún padre querría ver nunca a su hijo. Hágase cargo. Tenía 14 años, estudiaba secundaria…”.

El parte, frío, escueto, que un funcionario municipal redactará horas después sobre la “triple ejecución” hablará de un joven “que en vida respondía al nombre de Raúl Alberto Rubio Ochoa”. Tiene razón. Los muertos no tienen nombre. No desde luego en Ciudad Juárez, donde este sábado de febrero escogido al azar serán ocho los jóvenes asesinados por las oscuras mafias de la droga. Ocho. No son demasiados; tres días después morirán 21. Ni demasiado jóvenes; una semana más tarde caerán seis niños bajo los disparos de tipos que siempre tienen tiempo de huir. Ocho muertos son sólo ocho líneas en cualquier periódico mexicano. Sólo si el muerto respondía en vida a un nombre famoso -un general condecorado o el jefe de un cartel principal- o si las causas de su muerte resultaron extraordinarias -lo cocinaron después de asesinarlo o lo ejecutaron tras construir un túnel para pasar droga…-, sólo entonces puede optar el difunto al raro honor de un titular en la portada de un periódico nacional. Un país donde el narcotráfico se lleva por delante a más de 6.000 personas al año -más de 16 cada día- no tiene más remedio que ir apilando tanto sufrimiento en la fosa común de las medias columnas, un pequeño trozo de papel escondido en una página par de un periódico de provincias. O hace eso -sin indagar por qué mataron a Raúl, casi un niño, sin investigar por qué su padre bajó las escaleras con el presentimiento envenenándole el aliento- o se arriesga a perder la sonrisa para siempre.

Al primer muerto del sábado lo mataron entre Marte y Saturno, una esquina a medio asfaltar de la colonia Satélite.

La llamada se produjo a las 9.45. Una ambulancia de la Cruz Roja corrió al lugar. Luego, los policías municipales. Luego, los estatales. Luego, los federales. Luego, el Ejército. Aseguraron la calle. Un agente en cada esquina. Con sus rifles Ak-47, sus AR-5, sus revólveres en la mano, sus chalecos antibalas, sus pasamontañas, su tensión que se huele… Su miedo.

– Pero si ya ha pasado todo.

– No siempre. A veces vuelven a por el cadáver.

– ¿Quiénes?

– Unas veces, sus amigos. Otras, sus rivales.

– ¿Para qué?

– Quién sabe. Unas veces, para rematarlos. Otras, los montan en las camionetas y se los llevan. Nunca aparecen. Es muy extraño.

El policía municipal que habla parece nervioso. Es un tipo bajito, mal uniformado. La canana que lleva alrededor del cinturón está medio vacía. Un cartucho sí, uno no. Todavía hoy muchos policías tienen que pagar de su bolsillo la munición que gastan. Y si por la mañana no llegan pronto al reparto de los escasos chalecos antibalas, deben salir a patrullar a cuerpo gentil, un blanco perfecto. El policía municipal va de un lado para otro. Apunta en una pequeña libreta los nombres de todos los que, policías o no, rebasan por un motivo u otro el cordón de seguridad. No llega a cruzar palabra con los agentes de otros cuerpos. Es una constante de Ciudad Juárez. Nadie se fía de nadie. Menos aquí, un lugar tristemente célebre por las decenas de mujeres que fueron asesinadas sin que aún hoy se conozcan los motivos ni los culpables. Hay además datos muy claros de que el narcotráfico tiene voluntades compradas entre los policías, entre los jueces, entre los políticos, entre los periodistas. Las miradas dicen: sabemos a quién pertenece tu uniforme, pero no a quién perteneces tú. No es nada personal. Sólo cuestión de supervivencia. La noche anterior, cuando el reportero llega al aeropuerto de Ciudad Juárez, dos agentes federales lo esperan a pie de avión. Han recibido la orden de escoltarlo durante el fin de semana, integrarlo en una de las patrullas de fuerzas especiales que recorren día y noche la ciudad en busca de sicarios. Pero cuando va a abandonar el aeropuerto, dos soldados le piden que abra la maleta y la mochila en la que transporta el ordenador portátil. Uno de los federales trata de aliviar el trámite y se dirige al militar:

– No se preocupe, oficial, viene con nosotros.

– Claro que sí. Pero tiene que abrir el equipaje.

– Pero

– Tiene que abrir el equipaje.

Nada personal. Sólo eso: nadie se fía de nadie. ¿O no es por los aeropuertos de México, y bajo la supervisión de agentes de la ley, por donde toneladas de droga y sustancias químicas ilegales entran en el país? La escena se repite dos o tres veces durante el fin de semana. Cada vez que el patrullero pasa por un puesto de control militar, los soldados lo paran y lo revisan como si se tratara de un vehículo particular. O tal vez más.

– ¿Adónde se dirigen?

– Vamos a instalar un control de carros robados a dos kilómetros de aquí.

– Correcto. Bájense y abran la cajuela.

El policía abre el maletero. El soldado mete la cabeza, casi olfatea el interior. Ni hay tensión ni deja de haberla. Los soldados no sonríen. Los federales tampoco. Es una guerra extraña la que vive México. Las bajas se cuentan por decenas, todos los días, como en cualquier guerra. Pero aquí no hay dos bandos. Hay muchos, y andan disfrazados.

– Está bien. Pueden continuar.

Unos metros más allá, el federal que hoy conduce el patrullero – un joven simpático que cita a los clásicos- le explicará al reportero por qué, aunque íntimamente les fastidie, obedecen a pie juntillas las instrucciones de los militares. Aparca el vehículo en el arcén, junto a la valla que delimita un depósito de vehículos. Parece uno de los muchos cementerios de automóviles destinados a chatarra que afean la ya de por sí poco agraciada Ciudad Juárez. Pero no. Es distinto. Aquí vienen a parar los carros incautados al narcotráfico o sujetos, como parte de la prueba, a algún proceso judicial. Los hay nuevos y viejos. Lujosos -allá al final se ve una Hummer en aparente buen estado- y simples utilitarios. El agente señala un todoterreno, varado no muy lejos de la carretera. Tiene, como muchos otros, la chapa agujereada por los tiros gruesos de los rifles de asalto. Pero es distinto. Es un vehículo oficial, un patrullero de la policía municipal. No le queda un trozo de chapa sano.

– ¿Una emboscada de los narcos?

– No. Los militares tenían instalado un control. Les dieron el alto. Los policías no quisieron parar. Los militares abrieron fuego. Los mataron a los dos.

Nada personal.

La una de la madrugada. Hotel Chulavista. Está cortado por el mismo patrón que los moteles americanos de carretera. Una recepción, un comedor y una serie de habitaciones alrededor de un aparcamiento. Ni bonito ni feo. Vulgar. Discreto. Hasta no hace mucho, un buen negocio. “Los que más nos visitaban”, explica el camarero, “eran puros gringos. Parejas que cruzaban desde El Paso, aparcaban el carro en la puerta de la habitación y sólo salían un rato a cenar algo o a emborracharse a buen precio. Ya casi no viene ninguno. Les da miedo”. Ciudad Juárez y también Tijuana, en la costa del Pacífico, constituían las míticas fronteras donde la fiesta sin tregua -el alcohol, el juego, los clubes de alterne- atraía cada fin de semana a cientos de turistas norteamericanos. Nunca fueron ciudades exquisitas ni bendecidas por el Vaticano, pero sí razonablemente seguras. De eso dependía el negocio. Ahora, muchos de los restaurantes ya han cerrado, los prostíbulos sólo atraen a clientes locales y desesperados, y la única ruleta que gira día y noche es a vida o muerte. El hotel Chulavista estaba prácticamente desahuciado. Pero entonces llegaron los federales.

Las fuerzas especiales. Muchachos jóvenes -casi ninguna mujer- procedentes en su mayoría de las filas del Ejército. Sus sueldos son bajos, pero para poder lucir ese uniforme azul han tenido que pasar exhaustivos exámenes de confianza, incluida la prueba del polígrafo. Según ha llegado a admitir Felipe Calderón, el presidente de México, más de la mitad de la policía mexicana “no es recomendable”. Hay casos, como el de Tijuana, donde se detectó que nueve de cada 10 policías locales habían sido comprados por el narcotráfico. Incluso entre los 11.000 federales recién contratados, la mitad resultó ser de moral distraída. Se supone que estos que ocupan el hotel Chulavista de Ciudad Juárez pertenecen a lo mejor de cada casa, pero, por si acaso, sus jefes nunca le dicen por dónde patrullarán cada noche o a qué tipo de malandro van a intentar detener. Van y vienen de sus habitaciones al comedor uniformados al completo, chaleco antibalas incluido, y con el rifle AR-15 en bandolera. Sus mandos les dan el tiempo justo para comer algo y dormir un rato. El resto de la jornada lo emplean en recorrer la ciudad de cabo a rabo. Sus vehículos son camionetas pick-up de doble cabina. Ellos ocupan la parte de atrás, siempre de pie, con el dedo en el gatillo de sus armas y el pasamontañas hasta la nariz. Vigilando, siempre vigilando.

– ¡Nos vamos! Esta noche nos acompañará un periodista español. Si hay suerte y detienen a algún delincuente, no me lo golpeen demasiado… Háganme ese favorzote, muchachos.

El oficial subraya la broma guiñando el ojo detrás del pasamontañas. Los muchachos se ríen. Será el único momento de relajación en cinco horas. Las camionetas de los federales se sumergen en la noche de Ciudad Juárez, cruzan a todo trapo avenidas casi vacías y se adentran por colonias polvorientas, sin pavimentación, donde sólo los perros con sus ladridos parecen reconocerlos. Al fondo se distinguen las luces de El Paso, al otro de lado de la frontera. El Paso es una de las ciudades más seguras de Estados Unidos. Ciudad Juárez, la más violenta de México. En El Paso, como en toda la frontera, se venden armas de grueso calibre sin ningún impedimento. Aquí se mata con ellas. Los policías se adentran en una de las colonias más peligrosas. Se sienten observados, por eso circulan sin luces, guiados por un agente local con un mapa y una linterna. El oficial comenta en voz muy baja:

– Esta noche vamos a hacer dos o tres cateos. Hemos recibido varios pitazos [chivatazos] sobre gente que podría estar vendiendo droga y armas.

Llegan al primer objetivo. Empieza un baile muy bien ensayado que se repite en cada registro. Los agentes saltan de las cuatro camionetas. Unos corren hacia las esquinas para asegurar el trabajo de sus compañeros y prevenir emboscadas. Los oficiales que van a penetrar en la casa -una especie de cortijo desvencijado- desenfundan sus armas cortas y quitan el seguro. Cada uno de ellos va escoltado por dos o tres compañeros con rifles de precisión. El puntito rojo de la mira se pasea por una pared que supo de mejores tiempos. Un perro encadenado parece enloquecer. Sale un hombre a la puerta de la casa. Descalzo. Despeinado. La camisa por fuera del pantalón.

– ¡Alto! ¡Federales!

El registro no dura más de 10 minutos. No parece que el dueño de la casa sea un narcotraficante. Parece más bien un nómada incómodo al que algún vecino quiere perder de vista denunciándolo a la policía. Hay niños por todos lados. Niños mal vestidos, niños canijos y sucios que juegan con juguetes rotos y que observan a los policías con serenidad, como si ya los hubieran visto más veces, como si formaran parte del juego al que están predestinados a jugar. “Negativo. No hay nada, ¡vámonos!”. La acción se repite dos veces más. Dos cateos. Dos negativos. Ha sido una noche tranquila que ha terminado en empate. No han detenido a nadie, pero tampoco se ha reportado ninguna baja.

Vuelta a la base. Mañana será otro día.

Dos horas después suena el teléfono de la habitación. “Han encontrado a tres muchachos ejecutados en la puerta de una discoteca. ¡Nos vamos!”. La misma historia del día anterior. La ambulancia. La policía local. La policía estatal. La policía federal. El Ejército. Y esperándolos a todos, sin inmutarse, la muerte.

Tres jóvenes. Boca arriba. Cada uno con su ración de plomo. Se parecen al joven ultimado en la colonia Satélite. Detallistas de la droga, camellos, narcomenudistas. Como mucho, aprendices de sicario. Clase de tropa. Carne de cañón. El perfil de las bajas del narcotráfico en México es el de jóvenes captados por los distintos carteles de la droga que luchan entre sí para afianzar su predominio en las plazas. No sólo han muerto en la frontera con Estados Unidos. También en la que separa un antes y un después de la historia de la droga en México. Lo que había hasta ahora está muy claro. Basta comprarse un CD de los Tigres del Norte o de los Tucanes de Tijuana para conocer las historias cotidianas del negocio o las leyendas de los grandes narcotraficantes como Amado Carrillo Fuentes, jefe hasta su muerte del cartel de Juárez. Le llamaban El Señor de los Cielos. De él se dice que tenía una docena de Boeing 727 con los que introducía cocaína en Estados Unidos. La épica de la frontera. Las reglas. El respeto. La complicidad de los gobernantes. Tú hasta aquí y yo hasta allí. Y como último recurso, la muerte. La muerte como herramienta de trabajo, de poder, de advertencia.

Todo eso se acabó hace algo más de un año. La versión oficial es que tantos años de complacencia con el crimen organizado habían llegado a horadar los cimientos de la República y amenazaban con privatizar el país en su beneficio. “Los señores de la droga ya estaban tocando las puertas de Los Pinos [la sede de la presidencia de la República]”, dice a media voz uno de los hombres más poderosos de México. “O los combatíamos o les entregábamos el país. Ya eran dueños de algunos cuerpos enteros de policía que trabajaban para ellos y no para los ciudadanos”. El caso es que el presidente, Felipe Calderón, tocó zafarrancho de combate. Hace de eso un año, dos meses y 7.000 muertos.

La furgoneta blanca del depósito de cadáveres llega al lugar de la triple ejecución. Se coloca junto a la ambulancia de la Cruz Roja. “El día que más miedo pasé”, comenta una enfermera del servicio de urgencias, “fue hace sólo unos meses. Recibimos el aviso de que había un joven malherido tirado en la calle. Acababa de ser víctima de un ataque armado. Fuimos hacia allá y llegamos cuando todavía respiraba. No había tiempo que perder. Lo metimos en la ambulancia y salimos corriendo hacia el hospital. A medio camino se nos cruzaron dos furgonetas con los cristales oscuros. Bajaron tres o cuatro encapuchados, nos apuntaron en la cabeza al chófer y a mí y nos dijeron que nos estuviésemos quietos. Fueron a la parte de atrás, sacaron al herido y le dieron el tiro de gracia en medio de la calle. Mira, te lo estoy contando y aún se me eriza la piel. Antes de irse aún tuvieron tiempo de amenazarnos. Nos dijeron que, por nuestro bien, la próxima vez no tuviésemos tanto interés en llegar tan rápido…”. Los dos grandes hospitales de la ciudad también han sido escenario de irrupciones violentas de sicarios que buscaban rematar un trabajo mal terminado. En una ocasión, y en previsión de que eso sucediera, el juez colocó a dos policías custodiando la puerta de urgencias. Por si llegaban los sicarios.

Llegaron. Mataron a los dos policías. Entraron en el hospital. Remataron al herido. Y se marcharon.

El jefe de la policía científica se dirige a los muchachos de la furgoneta blanca:

– Ya os los podéis llevar.

Los curiosos le echan un último vistazo. Certifican que los asesinados no son del barrio. De igual forma, unas horas antes, los vecinos de la colonia Satélite juraron que el primer muerto del sábado -chándal azul celeste, manos atadas a la espalda con una cuerda amarilla- jamás había sido visto por allí. Hay un testigo que dice haber observado cómo arrojaban al muchacho del chándal desde un vehículo, todavía vivo, y lo remataban en el suelo.

– ¿Y cómo era el carro?

– No me acuerdo, jefe.

– ¿Grande o pequeño?

– Normal.

– Y a éste -dice el policía señalando al muerto- ¿lo habías visto antes por aquí?

– Nunca. No es de aquí.

El procurador general de la República, Eduardo Medina Mora, maneja un dato estremecedor:

– Al 40% de los que mueren no los reclama nadie.

Fosas comunes. Esquinas de papel en los diarios. Y la batalla que no cesa. Todos los días, el Gobierno de México distribuye una serie de comunicados -partes de guerra- que dan cuenta de la incautación de armas, de la intervención de droga, de la detención de sicarios. Pero al día siguiente, invariablemente, los noticieros hacen recuento de las bajas, y raro es el día que no superan las dos cifras. Diez en Ciudad Juárez. Cinco en Tijuana. Dos en Culiacán. Total: 17. Hay ciudades marcadas por la tragedia diaria. Suelen ser las sedes fronterizas de los antiguos carteles de la droga, hoy atomizados por las guerras entre sí y por el embate del Estado, pero también se producen bajas muy cerca del mar Caribe, a pocos metros de las palmeras y los hoteles de lujo. El goteo es continuo y, aun así, nunca faltan nuevos soldados dispuestos a morir.

La caravana de federales regresa al hotel Chulavista. Un semáforo en rojo. De pronto, como surgido de la nada, un joven se acerca corriendo. Dos federales lo apuntan con sus armas. El muchacho parece muy nervioso. Discute con los policías del primer vehículo, que finalmente acceden a que suba con ellos. La caravana aborta el regreso a la base y se dirige ahora, a toda prisa, a una colonia cercana. Al parecer, el muchacho ha sido víctima de un robo. Unos jóvenes le han quitado su vehículo a punta de pistola. Pero mientras regresaba a su casa, a pie y asustado, ha creído ver a uno de los asaltantes meterse en una casita de una planta, como casi todas las de Ciudad Juárez. Los federales llegan al lugar indicado. Se bajan de las camionetas y rodean el inmueble. Mientras tres agentes, acompañados del denunciante, entran en la casa, otros aseguran la zona y revuelven en la basura. La operación es rápida. Los que han entrado en la casa salen con el sospechoso agarrado del cuello. La víctima lo ha reconocido. Los policías que se quedaron en la puerta también tienen su botín. Acaban de encontrar las matrículas del vehículo sustraído. El interrogatorio se hace en caliente. La madre del muchacho sale a la puerta y le pide al oficial, con una sonrisa en la boca:

“No sea malito, jefe, no me lo golpeen”.

El muchacho delata a un cómplice, y éste a otro, y el tercero habla de un tal? El vehículo es por fin recuperado. Casi al alba. Los policías se muestran exultantes, aunque el paisaje de fondo no es muy alentador. Chavales que manejan pistolas, roban coches, merodean por las calles sin asfalto en busca de su próxima víctima. El 40% de los muchachos de Ciudad Juárez ni estudia ni trabaja. Una buena parte sólo espera su turno de matar o morir. Su sueño es un carro del año, un buen revólver con las cachas de oro. Muchos mueren así, con el sueño de que un cantante famoso de narcocorridos le dedique una letra bien chingona a cada uno de ellos.

La patrulla regresa al hotel. Ya se divisa el alba cuando la voz del comandante da un nuevo parte:

“Se acaba de recibir un aviso. Han encontrado el cuerpo calcinado de un hombre encima de un contenedor de basuras. Diríjanse a la calle…”.

El octavo muerto de este fin de semana tampoco tendrá nombre.

http://www.elpais.com/articulo/portada/muerte/imparable/elppgl/20090301elpepspor_7/Te

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